viernes, 23 de diciembre de 2011

Caminando.

Mis pies pisan un suelo de millones de años. Un suelo que ha superado guerras, protestas, encuentros apasionados, muertes y nacimientos. Un suelo con vida y muerte. Mis pies se familiarizan con él, y estos son acogidos con los brazos abiertos. Mis pasos firmes y decididos, al son de la música marcan el ritmo. El crujir de las hojas bajo la suela de mis zapatos se funde en mis oídos como una sinfónica nana. El viento me susurra apartando el pelo de mi cara y haciendo que mis pasos sean más lentos y suaves. El viento no tiene boca pero su cálida voz  me llega hasta lo más profundo del alma. El viento no tiene manos pero me acaricia envolviéndome en un manto de aire que se funde en un abrazo al contactar con mi piel. No tiene oídos pero me escucha, recoge mis lágrimas y lamentos y los lleva allá; lejos. No tiene ojos pero me observa, me espia y me cuida, observa mis pasos con curiosidad puesto soy una extraña para él. Mi mirada color miel y mis ojos de almendra se esconden bajo una venda que me protege de las garras de la sociedad. Ella todavía conserva el brillo que hace que mi interior resalte por encima de mi cuerpo. Mi sonrisa, finamente dibujada, resalta unos dientes pícaros y, a la vez, amistosos. Supongo que no debería importar, ya que yo soy dueña de cambiar esto. Soy dueña de mis pasos, dueña de mi vida y dueña de mis actos; pero no soy dueña de mis sentimientos. Estos se desbordan alejándome de una faceta perfecta. Consiguen hacerme reír y son los únicos que han conseguido hacerme llorar. Los odio y me odian, me encantan y les encanto. Son sentimientos rebeldes, sentimientos con vida propia, sentimientos malos y buenos; pero hacen que mis pasos sean firmes y decididos. Hacen que el viento sea mi amigo, que mi sonrisa me haga justicia, que mi brillo permanezca.
Son mis sentimientos y los respeto aunque no siempre hago lo que ellos dicen.
Puede que me lleven a mi media naranja, puede que me lleven a mi pasado, puede que me envien a una muerte segura, puede que humillen, que me maltraten, que me escondan o puede que me alegren.
Levanto la mirada y sigo caminando. Sigo caminando hasta donde ellos me guien.

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