Aire, siempre tan bipolar. Tan pronto es jugetón y brusco al moverme a bandazos el pelo y azotandome la cara con su aroma a todo, y, de repente, se vuelve pacífico y tranquilo acariciando con cada brisa de verano las suaves caras de las rosas en pleno apogeo infantil.
Tierra, la madre de las madres. Nos cuida, nos quiere, nos mima. A pesar de las atrocidades que sus hijos le causan ella aguanta, siempre fuerte y serena. Como un amadre, con sus broncas y sus consejos, nos da la vida; la infancia y, finalmente, nos acoge entre sus brazos bajo ella. ¿Y qué hacemos sus hijos? Intoxicarla, destruirla, usar a sus hermanos en su contra y extinguirla.
Fuego, poderoso animal de hierro. Hermano protector de la vida. Fuerte y resistente, inbatible y fornido, procura cuidar de sus hermanos. Lleva la luz al lugar donde la sombra se ha aposentado y su calor recorre corazones frívolos. Amante de la vida aunque los humanos usen su nombre para limpiarse las manos de sangre.
Agua, timida e inocente criatura. Protegida por su hermano Fuego, acogida por los brazos de su hermana Tierra y mecida por las grandes manos de Aire. Jugetona aunque tímida, sus cabellos azules ondulan en lo más profundo del océano. Alimentada del chapoteo de los niños riendo con ella.
LIBERTAD, esa gran desconodida.
Café, jamón y una pizca de limón
Mis dedos se deslizan sobre las teclas expresando sentimientos que podemos compartir. ¿Te atreves a vivirlos?
viernes, 17 de febrero de 2012
martes, 27 de diciembre de 2011
El regalo más bonito
Me quedan 15 minutos para que mi cumpleaños pase a ser un día más, un cumpleaños más. Me quedan 15 minutos para pensar en una inocentada para gastarle a mi abuela y que ella se ria conmigo. Me quedan 15 minutos para que el día más especial del año se acabe y por lo que puedo apreciar mi deseo no ha sido cumplido. Ayer, 26 de diciembre, le pedi al cielo y a las estrellas que llevaran un mensaje especial a mi querido abi, fallecido hace 14 años. Mi deseo consistía en que me regalara una única cosa por mi décimocuarto cumpleaños, que mi vida cambiara en ese día. Que mi vida diese un vuelco, que cambiase el rumbo, que hiciera girar el volante bruscamente aunque supusiera algún accidente, como querais llamarlo. Solo quería que mi vida no fuera tan monótona y aburrida, que la rutina estallara en mil pedazos dejando atrás los malos recuerdos y los sentimientos heridos, los corazones vacíos y las cartas de añoranza jamás enviadas,... y entonces me dí cuenta. No quería que mi vida diese un vuelco, un cambio brusco, no quería que la rutina estallase; lo que yo quería era que esta fuera más llevadera y, para mí, eso significaba volver a ver a mi abi. No lo conocí, apenas tenía unos minutos cuando murió, pero no he quitado nunca su foto de mi armario. Él murió con mi vida en sus brazos, la miró a los ojos a la vida y le puso nombre; más tarde, le tendió la mano a la muerte para hacerla su amiga y compañera de viaje dejando atrás a la vida en forma de una niñita recien nacida con el nombre de Emma un 27 de diciembre.
Los años de vida que tengo se los debo a él por eso mis últimos 15 minutos de cumpleaños y aniversario de su defunción son para él, el hombre que tendió la mano a la muerte para que yo me aferrara a la vida.
Te quiero abi.
Los años de vida que tengo se los debo a él por eso mis últimos 15 minutos de cumpleaños y aniversario de su defunción son para él, el hombre que tendió la mano a la muerte para que yo me aferrara a la vida.
Te quiero abi.
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| Siempre has estado allí cuando más lo he necesitado, en lo más querido de mi corazón había una vocecita dulce y tierna como la tuya. Gracias. |
viernes, 23 de diciembre de 2011
Caminando.
Mis pies pisan un suelo de millones de años. Un suelo que ha superado guerras, protestas, encuentros apasionados, muertes y nacimientos. Un suelo con vida y muerte. Mis pies se familiarizan con él, y estos son acogidos con los brazos abiertos. Mis pasos firmes y decididos, al son de la música marcan el ritmo. El crujir de las hojas bajo la suela de mis zapatos se funde en mis oídos como una sinfónica nana. El viento me susurra apartando el pelo de mi cara y haciendo que mis pasos sean más lentos y suaves. El viento no tiene boca pero su cálida voz me llega hasta lo más profundo del alma. El viento no tiene manos pero me acaricia envolviéndome en un manto de aire que se funde en un abrazo al contactar con mi piel. No tiene oídos pero me escucha, recoge mis lágrimas y lamentos y los lleva allá; lejos. No tiene ojos pero me observa, me espia y me cuida, observa mis pasos con curiosidad puesto soy una extraña para él. Mi mirada color miel y mis ojos de almendra se esconden bajo una venda que me protege de las garras de la sociedad. Ella todavía conserva el brillo que hace que mi interior resalte por encima de mi cuerpo. Mi sonrisa, finamente dibujada, resalta unos dientes pícaros y, a la vez, amistosos. Supongo que no debería importar, ya que yo soy dueña de cambiar esto. Soy dueña de mis pasos, dueña de mi vida y dueña de mis actos; pero no soy dueña de mis sentimientos. Estos se desbordan alejándome de una faceta perfecta. Consiguen hacerme reír y son los únicos que han conseguido hacerme llorar. Los odio y me odian, me encantan y les encanto. Son sentimientos rebeldes, sentimientos con vida propia, sentimientos malos y buenos; pero hacen que mis pasos sean firmes y decididos. Hacen que el viento sea mi amigo, que mi sonrisa me haga justicia, que mi brillo permanezca.
Son mis sentimientos y los respeto aunque no siempre hago lo que ellos dicen.
Puede que me lleven a mi media naranja, puede que me lleven a mi pasado, puede que me envien a una muerte segura, puede que humillen, que me maltraten, que me escondan o puede que me alegren.
Levanto la mirada y sigo caminando. Sigo caminando hasta donde ellos me guien.
Son mis sentimientos y los respeto aunque no siempre hago lo que ellos dicen.
Puede que me lleven a mi media naranja, puede que me lleven a mi pasado, puede que me envien a una muerte segura, puede que humillen, que me maltraten, que me escondan o puede que me alegren.
Levanto la mirada y sigo caminando. Sigo caminando hasta donde ellos me guien.
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